…el laberinto de la realidad


 

Si hay algo que ha condicionado el disfute de la pintura abstracta (qué no decir del  arte conceptual o performativo) por parte de determinados espectadores es la constante búsqueda del referente real, del “significado” de la obra, cuando, en muchos casos, éste se encuentra delante de las narices del público. Este intento de comprender lo artístico desde la realidad (entendida como un decorado donde se disponen los objetos a representar) también ha lastrado y perjudicado a la figuración, puesto que, en determinados sectores, se identifica claramente la pintura realista en función de ciertos cánones previos (la ya superada lucha entre la imagen fotográfica y la pictórica) y con un excesivo gusto hacia la técnica (más como habilidad manual que como una búsqueda de estilo).

 

 

Puesto que en mi obra la realidad está presente, como un referente más que como una imposición, siempre me ha interesado captar y expresar el modo en que nosotros percibimos y asimilamos lo “real”, desde un punto de vista pictórico y conceptual. Nada me parece más inverosimil que un cuadro que pretenda capturar lo representado a través  de un exceso de detalle que hace del resultado final algo tan “perfecto” y “acabado” que es perfectamente incompleto, al olvidar que nuestro ojo y cerebro no son máquinas fotográficas sino un filtro que tamiza, analiza y que, en definitiva, nos permite tener nuestra propia visión (única y exclusiva) de lo que nos rodea. Precisamente porque existen tantas realidades como individuos, me interesa la percepción (como hecho sensual) y parte de mi obra se basa en este concepto, intentando crear obras donde nada se da por sentado y apelando a la partcipación activa del espectador. En este sentido va el dibujo de este post, en que combino los dos temas a los que he hecho referencia anteriormente; por un lado crear una pieza donde el detalle no ayuda a una mejor comprensión de la obra, sino a demostrar que un exceso de información puede “ocultar” lo real (el famoso árbol que no nos deja ver el bosque), en una suerte de “horror vacui” que llena la superficie de la obra y que, precisamente, acaba por hacer de esta algo abstracto, en el sentido de que no hay nada más falso que la propia realidad, desnudada en este caso de otros atributos que la harían más aprehensible (color, atmósfera, perspectiva…).Os lo muestro de manera que veáis el proceso de desaparición de la realidad.

 

 

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